domingo, 22 de noviembre de 2009

Cecilia (2)

Al día siguiente espere encontrármelo de nuevo, pero no sucedió, y así paso una semana, ya no me importaba lo que me dijeran mis compañeros, ya no importaba ser casi invisible, el me había visto y yo quería verlo de nuevo.
Hasta que me di por vencida, estaba resignada a no verlo otra vez a no ver sus hermosos ojos marrones viéndome. Así que volví a mi rutina, a la vida sin razón, sin motivo, subí otra mañana al autobús y me senté, ahora si había lugar, puesto que era más temprano. Ahora era yo la que iba mirando fijamente a un punto en el espacio, y en ese momento escuche una voz:
-Estás bien?-dijo él
-¿Qué?- conteste distraídamente
-qué si estás bien, te ves muy triste
-no, es solo que tengo mucho sueño- mentí
-Ya somos dos, ¿puedo preguntar cómo te llamas?
-Cecilia
-Mucho gusto Cecilia, yo soy César-dijo y estrecho mi mano, nunca voy a olvidar ese momento, pues sentí la tibieza de su piel y llego hasta mi corazón.
Seguimos platicando hasta que el se bajo, me dijo que tenía 20 años, yo le dije que tenía 17, dijo que no estaba estudiando y que diariamente iba a ver a su mejor amigo que estaba en el hospital, pues había tenido un terrible accidente automovilístico.

Los días pasaron, cada semana me encontraba a César en el autobús, y siempre que podíamos platicábamos un poco, sobre cosas triviales, a veces un poco sobre nosotros. El me parecía una persona muy interesante, tal vez la más interesante que había conocido, era simplemente grandioso, adoraba las películas, le fascinaba leer cualquier tipo de libro, la música era una de sus pasiones, pues creía que era la mejor forma de expresión sentimental, era muy culto, le encantaba debatir acerca de política, filosofía o cualquier cosa. Había pasado poco tiempo de conocerlo, pero sentía que lo conocía de años, su forma de expresarse mostraba mucho sobre él, sobre su persona y me encantaba que me permitiera conocerle de tal manera.

César me tenía como en estado de trance, nada más me importaba, excepto Sofía, que no paraba de decirme que moría por conocer a aquel que inundaba mis pensamientos. La escuela no importaba, tampoco el que mis padres no me hicieran caso, que mis compañeros no me notarán, pero aún así creo que mi vida era mejor, tenía mejores notas y hasta empecé a hablar más con uno que otro compañero de clase. Esperar a que fuera viernes era lo único que me interesaba, no sólo porque daba paso al fin de semana, sino porque ese era el día en que por 30 minutos vería a César y platicaría con él, esos 30 minutos me hacían la persona más feliz y así podía soportar cualquier cosa.



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